
Sandra Escribano Bourgoin vuelve a encontrarse con el público en una exposición en la Casa de Cultura de Majadahonda, que invita a mirar el mundo con otros ojos: los del arte Naïf, la emoción y la memoria compartida.
Autodidacta, como muchos de los grandes artistas naïf, Escribano mostró desde muy joven una sensibilidad especial para la pintura. Con tan solo 11 años recibió su primer premio en el Certamen Juvenil de Artes Plásticas del Ministerio de Cultura, iniciando una trayectoria marcada por la curiosidad artística y una mirada abierta al mundo.
Su obra actual es fruto de una vida vivida entre culturas. Los desplazamientos familiares, su entorno franco-español y largas estancias en ciudades como Bruselas o París y su pasión por conocer el mundo han forjado en ella un profundo sentimiento de ciudadanía global, que se refleja en escenas urbanas reconocibles y, al mismo tiempo, universales.
Sandra Escribano, quien como otros muchos se ven obligados a convertir el trabajo de creación en una forma de vida complementaria casi altruista que les lleva a tener otra profesión para mantenerse económicamente tiene un mérito que desgraciadamente tienen que asumir muchos artistas actualmente e históricamente es algo habitual dentro de los artistas Naif.

Un movimiento artístico que se ha mantenido hasta la actualidad desde sus inicios a finales del siglo XIX. A él al que se han ido sumando artistas a la largo de todo el siglo XX y su estela continúa hasta la actualidad. Artistas como Grand Moses, que comenzó su actividad creativa a los 70 años es ejemplo de esta forma de entender la vida de otros muchos naifs que en sus diversas circunstancias personales, casi siempre en la intimidad sin un inicial interés por exponer, hicieron su labor por placer y por una necesidad interior de plasmar sus inquietudes a través de la estética plástica. Placer e intimidad puesto que sus componentes, al igual que hoy día Sandra Escribano, no pensaron en vivir del arte, como le ocurrió a Seraphine de Senlis, empleada de hogar; André Bauchant, jardinero; Alfred Wallis, marinero; o su máximo representante, Henri Rousseau, abogado y responsable de aduanas.
Esta circunstancia define cómo afrontan y se plantean su vida los artistas los naifs: autodidactas puesto que, como acabo de comentar, estudiaron otras áreas de conocimiento y otras profesiones para su sustento; apasionados por el arte pues dedican su tiempo libre a realizar otro trabajo, el de crear, que según Bloom es el proceso cognitivo más complicado, más incluso que analizar o evaluar; libertad absoluta en la creación ya que en su intención inicial NO existe esa pretensión expositiva por lo que no se dejan o no tienen por qué dejarse llevar por reglas establecidas; y algo que los define especialmente, la sinceridad.

Esta sinceridad fue precisamente lo más criticado en sus comienzos y es lo que se sigue criticando. Una sinceridad que se ha tachado de infantil por la naturalidad y la liberación de las normas academicistas.
Sinceridad, libertad y espontaneidad son las principales características de lo naif. Algo que la academia consideraba negativo, paso a convertirse en todo lo contrario. Esa sinceridad fue una tendencia pictórica general a finales del siglo XIX. Su base está en no engañar al espectador con juegos visuales que le hicieran creer que había 3 dimensiones sobre el soporte bidimensionalidad.
Esto que fue tan duramente descalificado por los críticos de arte, triunfó finalmente, pasó a ser el germen del arte de vanguardia, y por ello de la mayor parte del arte contemporáneo de todo el siglo XX y la actualidad.

Centrándonos en la obra aquí expuesta por Sandra Escribano, hay que decir que cumple a la perfección con este planteamiento vital y con las características formales y temáticas de lo naif (lo vital ya se ha comentado y):
- En lo formal cuenta con la ausencia de perspectiva, con colores puros y brillantes, detallismo y minuciosidad, definición en los contornos, sinceridad, simplicidad y expresividad.
- Lo que distingue la obra de Sandra y la exposición que nos ha reunido aquí hoy se inscribe en su mayor parte dentro de la temática de paisaje urbano con la característica particular de articular el discurso expositivo en un recorrido por arquitecturas icónicas fácilmente reconocibles que nos invitan a viajar por todo el mundo. Estos paisajes se pueblan con pequeños personajes anónimos que nos llevan a imaginar historias cotidianas familiares, de costumbres y celebraciones con un toque movimiento, frescura y humor.

Bajo la estética colorista y aparentemente ingenua del arte Naïf, Sandra Escribano retrata la vida cotidiana a los pies de grandes monumentos, plazas y paisajes urbanos, devolviéndoles humanidad, juego y emoción. Sus personajes, pequeños pero esenciales, recuerdan al espectador que las ciudades no son solo arquitectura, sino historias vividas.
Esta exposición supone no solo un regreso, sino una reafirmación artística: una invitación a detenerse, observar y reencontrarse con la belleza de lo cotidiano desde una mirada sincera, poética y profundamente humana.

Casa de la Cultura de Majadahonda. Pza. de Colón.Del 19 al 28 de febrero.
Carlos Treviño Avellaneda
