«Nelismo». La afirmación del ser

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El arte conlleva un desarrollo de la inteligencia visual que comprende todos los sentidos. Esa naturaleza trasversal del arte es de tal complejidad y riqueza que el acto de creación artística se transforma en una experiencia transensorial. El arte clásico es el perfecto equilibrio entre materia y espíritu. Sin embargo, en el arte contemporáneo se produce una ruptura de ese equilibrio en favor del segundo y desde la segunda mitad del siglo XX la búsqueda de la verdad está por encima de la estética.

La evolución del arte del siglo XX se caracteriza por la iconoclastia, la continua ruptura en un proceso progresivo hacia la desmaterialización del arte objeto. En un afán de síntesis, de simplificación, se van reduciendo los medios de expresión hacia una esencialización, sometida a la economía fundamental de la obra, hasta quedarse solo con la idea. Los artistas contemporáneos aceptaron el desafío de presentar sus acciones artísticas como concepto y, por ello, la comprensión de lo que es el arte de hoy representa una tarea para el pensamiento y la obra de arte contemporánea es prioritariamente un motivo para hacernos reaccionar, al establecer una reacción emocional con la obra y comunicar socialmente. 

En las últimas décadas del siglo pasado, la superación de la modernidad es el llamado arte posmoderno. Una corriente sociológica y estética de los años setenta y ochenta que surge como reacción al arte de la postguerra y marca el fin de la Edad Contemporánea de los “ismos” cerrados de las vanguardias. Frente a la creencia de progreso continuo, se potencia el eclecticismo, la ironía, con un rechazo a las grandes narrativas y las verdades absolutas. En lugar de buscar la verdad, ahora se abraza la pluralidad, la subjetividad, se cuestiona la autoridad a través de la apropiación, la deconstrucción y la provocación. En 1977, el filósofo alemán Hans-Georg Gadamer publicó La actualidad de lo bello, donde habla del arte después de la muerte del arte, de cómo el arte posmoderno examina críticamente la cultura del consumo y expone los sistemas de poder y mercantilización que conforman la vida moderna. 

Para los artistas de la posmodernidad el arte había perdido credibilidad porque se había vuelto más lejano de cualquier clase de experiencia social compartida. El arte se convertirá entonces en un espejo que refleja las complejidades, contradicciones y diversidad de la sociedad. Los artistas posmodernos rebaten las estructuras y jerarquías del mundo del arte. Combinan estilos y géneros, se fusionan incluso con la cultura popular y utilizan muy diferentes técnicas. Su objetivo es provocar al espectador, poner en duda la originalidad, dar una diversidad de perspectivas. Es un artista libre para transitar en cualquier época o estilo del pasado. Sus obras suelen ser figurativas, sin rechazar lo abstracto, con referencias iconográficas y simbólicas. 

El teórico del posmodernismo en Estados Unidos, Ihab Hassan, considera lo posmoderno como un movimiento de deconstrucción, descentramiento, desaparición, diseminación, desmitificación, discontinuidad, diferencia, dispersión. Términos que implican un rechazo a las tiranías de las totalidades. Hay una obsesión por los fragmentos o las fracturas y aparece una nueva estética de lo “incierto”. Proponen complejidad y contradicción contra simplificación. La ambigüedad y la polivalencia frente a las estructuras universales “mínimas”. Recuperan la memoria de la historia y un regreso a la naturaleza. En este escenario comienza a pintar Nela Prieto.

La historiadora del arte Montserrat Acebes en su libro Nela Prieto. El color de la rebeldía analiza profundamente la trayectoria humana y artística de la pintora con un exhaustivo estudio de su obra, donde detalla la original personalidad de esta artista. Para Nela Prieto pintar es una forma de vivir. Siempre con la verdad por delante, da forma a sus anhelos, contradicciones, emociones, pensamientos. Es el suyo un proceso de introspección hacia la búsqueda de la propia identidad, no exento de incertidumbre y dolorosa ansiedad, que lo experimenta y lo expone en la superficie de sus cuadros. 

A mediados de los años setenta y primeros de los ochenta, en su etapa de formación, Nela Prieto se nutre de toda la historia del arte para aislarse a continuación de los focos del arte y trabajar con total libertad expresiva. Le fascina lo imperfecto, lo inacabado, lo deliberadamente mal hecho. Su recorrido es una acción vital en continuo cambio. Picasso es tomado como un referente porque salta sin rigor evolutivo de lo clásico al cubismo o a la inversa.

La necesidad de alcanzar una dimensión extrasensorial, la trasporta al encuentro con verdades superiores espirituales. El Nelismo de los años noventa es el de mayor riqueza interpretativa. A partir de un viaje a Estados Unidos, Nela se dedica a pintar figuras fantásticas, en una evasión de la mente lógica hacia la imaginación que la sumerge en un mundo mágico, onírico, lúdico y libre para alcanzar un estado de felicidad. Recurre para plasmarlo al surrealismo mágico, a partir del recuerdo de los cuentos infantiles, un recurso muy femenino. La evasión por el simbolismo se deja ver en una metamorfosis de seres híbridos, o en personajes que flotan como los de Marc Chagall. En esta etapa, combina la figuración con una manera extremadamente gestual que la acercan al expresionismo rúnico del grupo nórdico Cobra, o al expresionismo sarcástico de la Nueva Objetividad alemana. Su nelismo se manifiesta con una mezcla de surrealismo y expresionismo que permite aflorar duendes, magos, brujas, dragones, seres mitológicos del ideario colectivo. La explosión de color que utiliza tanto en su paleta para pintar como en su propia indumentaria será la bandera de su inconformismo.

Siempre está presente su posicionamiento como mujer y ella es la gran protagonista de sus series más importantes como Mamíferas o Tacones

De su personalidad también hay que destacar la humanidad y la solidaridad, su compromiso con los problemas sociopolíticos, como es la pobreza y el hambre que llevan a la emigración. Su necesidad de conectar con el “otro” lo ha exteriorizado desde la elección profesional por la enfermería hasta la gran labor didáctica que ejerció en su vida.

La especial sensibilidad de algunos artistas es capaz de percibir lo que flota en el ambiente, aun cuando la sociedad en general todavía no sea consciente de ello, y se adelanta a su tiempo. Nela Prieto capta otras formas y dimensiones de crear, impulsadas por sus inquietudes y por la forma estética de expresarlas en sus cuadros. Su obra podría ser la de una artista de la generación Z, compartiendo sus miedos y temores. Actúa con una libertad anti reglas, deliberadamente descuidada, le interesa la ecología y el medio ambiente, el tema de género. Deja fluir una simbología inconsciente con la técnica de automatismo surrealista, neo dadaísta y del neo expresionismo. Hace un apropiacionismo de lo que le permite la liberación expresiva total. La suya es una de esas “nuevas miradas en el siglo XXI”, interesada por el multiculturalismo desde una visión múltiple de la realidad, con la experimentación de los límites y la hibridación.

Si observamos en una amplia panorámica su recorrido artístico, con los elementos que conlleva, es el Neo expresionismo el que domina en Nela Prieto, heredera directa del expresionismo abstracto en el que confluyen  la abstracción geométrica, el surrealismo orgánico, el dadaísmo, y la afirmación espontánea del individuo. Lo que transmite en sus cuadros es el fluir de la vida con la capacidad expresiva que le proporcionan la fuerza del grafismo informalista, la distorsión y la ruptura con gestos rápidos e instintivos.

Blanca García Vega                                                   

Catedrática de Historia del Arte

Vicepresidenta de AICA/Spain

Presidenta de ACYLCA

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